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Capri

Capri, en el golfo de Nápoles, es la isla enamorada de la luz, una perla del Mediterráneo. Una isla que muchos famosos hicieron su destino exclusivo.

Capri se recorta sobre el Mar Mediterráneo como una montaña o un descomunal transatlántico. Tendremos que adentrarnos en ese promontorio para descubrir su agradable clima, sus bosques y viñedos. Este peñasco, casi sin playas tiene infinito rincones rodeados de una florida vegetación. Mirar a las naves desde los 130 metros de altura que tiene Capri, nos parecerán juguetes.

El agua es allí de un azul turquesa intenso. Tan intenso que parece artificial. Como una gema, la caverna no parece un producto de la naturaleza, pero lo es. Los reflejos del agua sobre las paredes de piedra de unos doce metros de altura acentúan la sensación de irrealidad. La gruta parece no tener límites. Es un mundo ilusorio. Como una piedra preciosa, exactamente, está oculta en la entraña de los promontorios ásperos y de monótono marrón descolorido.

El agua es de un intenso color azul, tanto que nos parecerá artificial. Por las noches las mesas de los cafés son invadidas por gente que habla diferentes idiomas: alemán, ingles o inglés, los mozos en líneas generales entienden todos los idiomas y eluden lo que no comprenden con una sonrisa y una simpatía sin exageraciones.

Las rocas de la isla tienen grutas consagradas antiguamente a las ninfas. Para Suetonio y Tacito eran, claro, los lugares preferidos por Tiberio para sus orgías. Si uno mira el mar desde el monte Solaro, el más alto de Capri, comprende que quizá el capricho de un titán separó de un mazazo este promontorio de la península de Sorrento. Y que quizá por eso centenares de estelas ligeras y lejanas como las que vi sobre el Mediterráneo, se acercaron a las rocas, las rodearon, pequeñas e insistentes, siglo tras siglo, buscando la razón del exilio de ese pedazo de continente: el designio del dios. Quien acaso haya querido decirles a los mortales que el misterio se ve más claro cuando apenas un tramo de mar lo separa de la vida mundana.

Las rocas de la isla tienen grutas que antiguamente estaban consagradas a las ninfas. Según Suetonio y Tacito eran, los lugares preferidos por Tiberio para sus orgías. Si miramos el mar desde el Monte Solaro, el más alto de Capri, comprenderemos que el misterio del mar se ve más claro cuando apenas un tramo de ese mar lo separa de la vida mundana.

Desde la otra punta de Capri, uno se puede apartar de la Via Tiberio, trepa entre muros de los que cuelgan plantas y flores en gruesos ramos podemos entrar al bosque de pinos y cipreses donde, en su interior nos encontraremos con un edificio de estilo neoclásico. En el subsuelo tiene un fumadero de opio azulejado y por eso lo llamaron Villa Lysis. Además, tiene un baño romano, muy parecido a un moderno yacusi.

No nos pasara desapercibido el aroma de los narcisos, los mirtos del jardín y los del pinar abalanzándose sobre los acantilados.

La villa será convertida en museo de la historia antigua y moderna de Capri.






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